Un Luchador mi hijo Diego por Karu y Juanita mia

Publicado: agosto 4, 2010 en Uncategorized

Diego,  mi hijo… Como nunca luché para dejarte nada más allá del mañana indispensable: una quinta de tierra verde donde corra, quién sabe, un arroyo pensativo; y en esa tierra, un techo simple en el que puedas ocultar la terrible herencia que te dejó tu padre, la insensatez de un corazón constantemente apasionado. Y porque te hice con mi semen hombre entre los hombres, y te quisiera para siempre esclavo del deber de celar por esa alquería, no porque sea mía, sino porque fue plantada con los frutos de mi más dolorosa poesía. De la misma forma en que yo, muchas noches, me agaché sobre tu cuna y vertí sobre tu cuerpecito adormecido mis más indefensas lágrimas de amor, y pedí a todas las divinidades que clavasen en mi carne las banderillas hechas para la tuya. Y porque vivimos tanto tiempo juntos y tanto tiempo separados, y lo que la convivencia creó nunca la ausencia podrá destruir. Así como creo en tí porque naciste del amor y creciste en la esencia de mí como un árbol dentro de otro, y te alimentaste de mis vísceras, y al hacerte hombre rompiste mi corteza y estiraste los brazos hacia un futuro en el que creí por encima de todo. Y siendo que reconozco en tus pies los pies del niño que fui un día, frente al mar; y en la aspereza de tus plantas, las grandes piedras que escalé y los altos troncos que subí; y en tus palmas, las quemaduras del Infinito que busqué tocar como un loco. Porque tu barba viene de mi barba, y tu sexo de mi sexo, y hay en ti la simiente de la muerte creada por mi vida. Y mi vida, más que ser un templo, es una caverna interminable en cuyo último escondrijo se oculta un tesoro que me fue legado por mi padre, pero que nunca encontré y cuyo descubrimiento ahora te pido. Como las amplias avenidas de la juventud se transformaron en estas estrechas veredas de la madurez, y el Sol que se pone detrás de mí alarga mi sombra como una saeta en dirección al tenebroso Norte. Y la Muerte me espera oculta en algún sitio, y no quiero tener miedo de dirigirme a su inesperado encuentro. Por lo mismo que lloré tantas lágrimas para que no precisaras llorar, sin saber que creaba un mar de llanto en cuyos remolinos también habrías de perderte. Y amordacé mi boca para que no gritases y cegué mis ojos para que no vieses; y cuánto más amordazado, más gritabas; y cuánto más ciego, más veías. Porque la poesía fue para mí una mujer cruel en cuyos brazos me dejé estar sin remisión, sin siquiera pedir perdón a todas las mujeres que por ella abandoné. Y así como sé que toda mi vida fue una lucha para que nadie tuviese que luchar más: así es el canto que te quiero cantar, Pedro, mi hijo… Vinicius de Moraes Chit ® “Los pueblos nunca saben ni ven sino lo que se les enseña y muestra, ni oyen más que lo que se les dice”

Mariano Moreno El Objetivo:  Crecer en Paz

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